Larrabure o la supremacía del espíritu
El coronel Argentino del Valle Larrabure es ya un arquetipo de la nacionalidad. Quien dude del pueblo argentino, quien crea que somos una colectividad indiferente, acomodaticia y pusilánime, que mire este ejemplo de inaudita fortaleza moral.
Unas veces el héroe surge del gesto intrépido pero momentáneo, del ímpetu de un instante que transfigura una vida anónima y la eleva a la gloria. Sin embargo este heroísmo puede tener mucho de pasión y de arrebato inconsciente. Más difícil, infinitamente más, es la permanencia de una conducta que no se rinde ni se doblega aunque esté acosada por tremendas penurias y a través de largo tiempo. El heroísmo convertido en suceso cotidiano, en comportamiento habitual, sólo es posible por el triunfo completo del espíritu sobre la materia; por la victoria de la libertad y la fe en valores trascendentes sobre el temor y el dolor de la carne amenazada y torturada.
Pringles se hizo inmortal en Chancay, cuando se internó en el mar para no rendir la bandera; Falucho el moreno que no sabe de traiciones, ante los muros de Callao opta por la muerte y hace astillas su fusil antes que presentarlo a un estandarte que no es el de la patria; Cabral no vacila en salvar a su jefe en medio de la acción, aunque quedara inerme frente al enemigo. Estos son hitos de los más conocidos que trazan la ruta heroica del pueblo argentino. Mirémonos en ese espejo histórico cuando el pesimismo y el desaliento nos invadan; el nos dará la verdadera imagen del ser nacional. Y ahora, contemporánea de nosotros aunque en circunstancias mucho mas ominosas, la apostura ética del coronel Larrabure nos trae de nuevo aquella figura brava y gallarda del pueblo gaucho, al que íntimamente sentimos pertenecer, porque no es vil rebaño acobardado por una pandilla de criminales el pueblo capaz de engendrar un hijo de ese calibre moral.
El caso Larrabure es sencillamente terrible y grandioso. Por eso, en verdad ya constituye uno de los nombres singulares que ha ascendido sobre el horizonte de la patria, y allí quedará para siempre como astro de benéfico fulgor marcando rumbos de coraje, dignidad y entereza a las generaciones.
Este paradigna de nobleza humana nos rescata de la mediocridad, de la sordidez cotidiana, de la estulticia que anida en los hecho vulgares, del mezquino egoísmo centrado en la sóla búsqueda de lucro y placer. Su ejemplo es canto de fe para un pueblo que fue maltratado por la ineptitud de gobernantes y por la infame traición de argentinos renegados al servicio del comunismo internacional, es aliento vital para el espíritu y tiene el efecto libertador de la obra de arte, donde el alma descubre lo mejor de si misma y se eleva a la plenitud de la libertad por la contemplación.
El oficial Larrabure, entonces subdirector de la fábrica de Villa María es llevado prisionero después de un artero golpe de la subversión y puesto en un recinto de 60 cm de ancho por 110 de largo y allí, en ese lugar de pesadilla, sin poder tenderse en toda la longitud de su cuerpo debió permanecer más de un año en absoluto aislamiento hasta ser finalmente asesinado. Cuando apareció su cadáver, había perdido 40 kgs. de peso. Estos datos escuetos son por sí harto elocuentes para imaginar, si ello es posible, el sufrimiento del coronel Larrabure. Y sin embargo, este soldado de corazón, con el más puro estoicismo sanmartiniano no cedió jamás, no pidió mejor trato, no se rebajó ante sus protervos carceleros. Varios son los testimonios de su heroica conducta, incluso hasta despertar la admiración de los secuestradores, que constan en los papeles abandonados por aquellos en su fuga.
Se descubrieron en las paredes de esa cámara de tormentos, escritos de Larrabure que son el documento patético de su lucha para sostenerse, para conservar el equilibrio psíquico: y a fe que lo logró, pues a pesar de una agonía sin término ellos nos muestran su ánimo entero e invencible. En semejante celda, diseñada por mentes enfermas, de odio sin sentido, que empalidecen los métodos de tortura de la China imperial, se vieron escritas fórmulas químicas- era ingeniero especialista en dicha ciencia- pensamientos y consejos a sus hijos, como si les enviara un mensaje, e incluso alguna poesía, actividades intelectuales todas que le ayudaban a alentarse a sí mismo sin desesperar y, de este modo, no caer en indignas debilidades frente al cruel enemigo. Y, como triunfal término para la vida de un auténtico guerrero y cumplido patriota, se supo por información de alguien que estuvo cautivo próximo a la celda de Larrabure y pudo huir, que lo escuchó entonar el Himno Nacional en vísperas de su asesinato.
Quizá le habrían advertido de su cercano fin para agregar una cuota más de angustia: pero así, con soberana gallardía, hubo de responderles quien hizo honor con creces al nombre de Argentino.
Cuando tratamos de imaginar la situación del prisionero a lo largo de cada hora, cada día, cada mes en semejante condición, nos parece natural como fin la locura o el envilecimiento del alma pidiendo clemencia. No ocurrió nada de eso. Y no ocurrió precisamente por un acto de voluntad, por un acto de dignidad, que tiene sus raíces en el espíritu. Porque ante ese temple moral es llegado el momento de reconocer que el ser humano es mucho más que pura materia viva; mucho más que carne transitoria y doliente; mucho más que mera “pasión inútil”, según la definición nihilista de Sartre.
Este martirio, sostenido con alma entera, adquiere perfiles de epopeya y nos dice con trágica pero vibrante elocuencia, que el pueblo argentino no ha muerto; que un pueblo capaz de dar varones como Larrabure, podrá sortear las más difíciles tormentas morales que se presenten en su camino hacia la grandeza, precisamente porque la lleva ínsita.
Psicópatas sin ley ni Dios aniquilaron la vida digna y útil de un ciudadano: pero los insensatos no previeron que creaban un héroe para la civilidad, un aladid para la juventud, un ejemplo conmovedor del señorío de espíritu sobre la carne lacerada, un prócer más entre los grandes de la Patria.
El nombre del coronel Larrabure quedará grabado para siempre con letras de oro en los anales de la historia nacional porque este sencillo soldado, al quedar envuelto por fatal casualidad en la vorágine que desataron fuerzas demoníacas, supo enriquecer la causa de la Patria y del género humano con esta lección de grandeza sin par, esta prueba de majestuosa supremacía del espíritu , este testimonio absoluto y arrollador de lo que puede un verdadero argentino cuando llega la hora de ser o no ser.
Por Felipe J. A. Hang (Año 1975)